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En el sur del Piamonte, hay un anfiteatro de colinas que empiezan a insinuar sus formas ya desde los Alpes Marítimos deslizándose suavemente hacia Alba, el río Tanaro y un pequeño rastro de llanuras más fértiles.
Cruzado el río, las colinas se elevan de nuevo marcando las laderas de una tierra que se mece dulcemente para convertirse en un relieve más salvaje y espinoso. Sobre las colinas, un cielo caprichoso que alterna días azules con nubes y temporales regalando así el verde de sus prados y árboles, sus calidos atardeceres de verano y las gélidas mañanas de invierno.
Esta parte del Piamonte es una tierra hermosa, con la Langhe y el Roero: un mundo lleno de frutos preciosos: la famosa trufa blanca, los prestigiosos vinos, la cocina del territorio, el queso de Murazzano, la avellana de Tonda Gentile.
Quien ha nacido en esta zona sabe que más allá del placer, más allá de las agradables y preciosas emociones que transmite esta tierra, hay un sustrato de sensaciones, intuiciones y conciencia que valen la pena compartir e ilustrar.
Domenica Bertolusso y Beppe Montanaro han sabido coger estas señales desde el principio: en 1975 en un pequeño pueblo llamado Piobesi, situado en el Roero, a pocos kilómetros de Alba crearon Tartuflanghe, un centro dedicado a la búsqueda y a la producción de las cosas buenas de la cocina.
La base del plan de acción es la Trufa blanca, protagonista en este mundo de colinas y valles, máxima expresión de la fantasía y de la emoción: la trufa vista como el fruto precioso para presentar a todo el mundo, cual excelente aportación de calidad a las numerosas especialidades gastronómicas.
La experiencia de Beppe ha transformado esta unión con la tierra en una búsqueda delicada de agradables combinaciones, en una fidelidad continua a la tradición y a la pequeña dimensión artesanal. Las trufas blancas y más adelante, todas las especialidades elaboradas por Tartuflanghe han conquistado las mesas más importantes de todo el mundo, celebrando momentos especiales de amistad, ocasiones y eventos de prestigio.
A pesar de haber conocido el suceso, el imperativo ha siempre sido categórico: evidenciar con la calidad el trabajo que tiene como origen la naturaleza y que a partir de sus elementos crea recetas agradables y originales.
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